1D. PROFECÍA DE SIMEÓN

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“Sus padres llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor. Había en Jerusalén un hombre llamado  Simeón. Impulsado por el Espíritu fue al Templo. Y cuando entraban con el Niño Jesús sus padres, Simeón lo tomó en brazos. Simeón los bendijo y dijo a María: Éste será signo de contradicción y a ti misma una espada te atravesará  el alma.”  (Lc 2, 22, 25-27, 33-34)
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Ayúdanos a reflejar la luz verdadera de Cristo.
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Ocho días después de nacer se le puso por nombre Jesús, que significa “Dios salva”, como lo había dicho el ángel el día de la Anunciación.

A los cuarenta días del nacimiento, María y José acuden con Jesús al Templo para cumplir con la tradición judía de la Presentación del hijo primogénito y Purificación de la Madre.

La Virgen Santísima intuía que su vida iba a ser difícil, desde que aceptó ponerse enteramente al servicio de los planes de Dios: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.” (Lc 1, 38)

El anciano Simeón no era ningún agorero que, con sus palabras, pretendía llenar de amargura la vida de sus padres. Él era un hombre que esperaba con gran deseo conocer al Mesías y, por su gran fe, pudo reconocerlo en Jesús.

La profecía de Simeón anuncia fundamentalmente tres cosas:

- Que frente a Jesús no pueden existir posturas a medias. Si se le acepta hay que optar por la Verdad que Él viene a ofrecer.

- Que su mensaje de salvación es para toda la humanidad, de ayer, de hoy y de siempre.

- Que la Palabra de Dios hay conservarla siempre unida con fuerza a nuestro corazón.

También nosotros fuimos llevados un día por nuestros padres y padrinos a un templo para nacer a la vida de la gracia. Con nuestro Bautismo se inicia nuestra vida de fe y nos hacemos hijos adoptivos de Dios; formamos parte de la Iglesia, cuya Cabeza es Cristo; y recibimos el don del Espíritu Santo.

Virgen Santísima, modelo de fe, de gracia y de virtudes:

Intercede para que los padres, que con gran gozo bautizan a sus hijos, asuman responsablemente su educación cristiana.

Ayúdanos para que sepamos mantener viva la llama de la fe, que se inició en nosotros el día de nuestro bautizo, en el que renacimos, pero para no morir.

Sé nuestra guía para que nos esforcemos en reflejar a los demás la luz verdadera de Cristo,  que recibimos con el agua bautismal.

Señor, Dios nuestro, haz que por intercesión de la Virgen María, sepamos reconocer siempre con agradecimiento los dones recibidos por el Bautismo, que nos incorpora a Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey.

Amén.